Mi Chernóbil no fue portada de la prensa escrita.
Mi Chernóbil no lo nombra nadie, ni siquiera mis amigos.
Existo en el eco del silencio del instante posterior a la explosión,
silencio que es primohermano del silencio con el cuál terminan de terminar las orgías
y veo gente secándose con toallas y ratas lamiendo semen de nadie en los rincones...
Las puertas traseras de mis venas, que dan a mis muñecas,
están tapadas con ladrillos hace años.
No hay llave maestra que sirva para adentrarse en mis pasillos,
pasillos de volcanes en reposo,
con extinguidores vencidos en una fecha que prefiero no nombrar...
Tómate de los barrotes de mi prisión sin botones,
que no te llevan las maletas ni te miran la entrepierna,
si eres verso en la voz de los muertos
que en otro idioma hablaban con mi boca
y decían que mi lengua era una roca
donde las sílabas golpeaban como olas
que solas no son nada
pero juntas son las sábanas caídas de mi cama,
como cicatrices calladas de una estadía en el infierno
y en mitad del océano se hunde un busto de cobre
con mi cara y con tu nombre...
Mis dedos son la miga del pan
que acaba de romper la yema de tu huevo,
y mi espejo es el plato que se fue manchando
y que, cuando te fuiste, tuve que lavar
solo para dejar de verte en todos lados.
Los pétalos de una flor que habla en ruso se desprendieron de mi tallo
como las pestañas nos abandonarían si supieran gritar,
si creyeran que más allá de nuestros párpados hay un mundo...
Mi bosque de pinos rojos está poblado por pájaros ciegos
que cantan una melodía fúnebre a la hora del té,
y las raíces de los árboles se hablan en señas diciéndose que jamás seré feliz.
Sobrevivo como las campanas de las iglesias,
carne de voces escondidas en murmullos,
herrumbrado y con telarañas alrededor de mi ombligo,
pero respirando mi aire y exhalando ese llamado que no es escuchado
como si mis pulmones fueran la sala de espera de un psiquiatra mudo.
Verán en mi mesa una tijera abierta
que hace un siglo dejé para ver si por fin aparecía tu voz de nuevo,
pero al final de los puntos suspensivos no se le acordó tu apellido
ni supo distinguir tus huellas digitales de las del paracaidista cuadrapléjico
que descendió en el techo del hospital solo para darme una frazada
porque ya era mayo y hacía frío.
Vayan preparando un nuevo sarcófago para las futuras pieles desprendidas de serpientes
que habitan en la silla que cayó aquel día,
segundos antes que yo, que no cumplí con mi promesa de no oír los rugidos de mis lunares,
y me fui corriendo a los tuyos,
a descansar en los patios internos de las caricias de tus manos,
que quién sabe cuántos ya habrán recorrido y las extrañan,
y me envidian como caníbales hambrientos solo porque conservo el arte de reconstruirte
Mi Chernóbil no lo nombra nadie, ni siquiera mis amigos.
Existo en el eco del silencio del instante posterior a la explosión,
silencio que es primohermano del silencio con el cuál terminan de terminar las orgías
y veo gente secándose con toallas y ratas lamiendo semen de nadie en los rincones...
Las puertas traseras de mis venas, que dan a mis muñecas,
están tapadas con ladrillos hace años.
No hay llave maestra que sirva para adentrarse en mis pasillos,
pasillos de volcanes en reposo,
con extinguidores vencidos en una fecha que prefiero no nombrar...
Tómate de los barrotes de mi prisión sin botones,
que no te llevan las maletas ni te miran la entrepierna,
si eres verso en la voz de los muertos
que en otro idioma hablaban con mi boca
y decían que mi lengua era una roca
donde las sílabas golpeaban como olas
que solas no son nada
pero juntas son las sábanas caídas de mi cama,
como cicatrices calladas de una estadía en el infierno
y en mitad del océano se hunde un busto de cobre
con mi cara y con tu nombre...
Mis dedos son la miga del pan
que acaba de romper la yema de tu huevo,
y mi espejo es el plato que se fue manchando
y que, cuando te fuiste, tuve que lavar
solo para dejar de verte en todos lados.
Los pétalos de una flor que habla en ruso se desprendieron de mi tallo
como las pestañas nos abandonarían si supieran gritar,
si creyeran que más allá de nuestros párpados hay un mundo...
Mi bosque de pinos rojos está poblado por pájaros ciegos
que cantan una melodía fúnebre a la hora del té,
y las raíces de los árboles se hablan en señas diciéndose que jamás seré feliz.
Sobrevivo como las campanas de las iglesias,
carne de voces escondidas en murmullos,
herrumbrado y con telarañas alrededor de mi ombligo,
pero respirando mi aire y exhalando ese llamado que no es escuchado
como si mis pulmones fueran la sala de espera de un psiquiatra mudo.
Verán en mi mesa una tijera abierta
que hace un siglo dejé para ver si por fin aparecía tu voz de nuevo,
pero al final de los puntos suspensivos no se le acordó tu apellido
ni supo distinguir tus huellas digitales de las del paracaidista cuadrapléjico
que descendió en el techo del hospital solo para darme una frazada
porque ya era mayo y hacía frío.
Vayan preparando un nuevo sarcófago para las futuras pieles desprendidas de serpientes
que habitan en la silla que cayó aquel día,
segundos antes que yo, que no cumplí con mi promesa de no oír los rugidos de mis lunares,
y me fui corriendo a los tuyos,
a descansar en los patios internos de las caricias de tus manos,
que quién sabe cuántos ya habrán recorrido y las extrañan,
y me envidian como caníbales hambrientos solo porque conservo el arte de reconstruirte

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