De qué infeliz será el cráneo que sostienes como si fuera un anillo,
un anillo que te has quitado porque te produce alergia.
De qué color habrán sido eso ojos ausentes, marrones, negros, celestes?
Cuántos besos han dado a esa frente que hoy es solo parte del caparazón arrojado,
lo que ha quedado de un cuerpo licuado por un estudiante de medicina
primo lejano, y muerto, del pintor que te pide que poses de perfil,
mirándote sin mostrarte, como si fueras tu pensamiento, tu confesión...
Me parece que te escucho susurrando "amén" cuando te veo,
ni tan Magdalena ni tan penitente,
sino otra infeliz cuyo cráneo está sostenido como un florero
por las manos de tu cuello,
que hace años no acarician nada
y solo te toman por el cráneo, como si fueras presa de tu cuerpo arrodillado,
carne de iglesias y de biblias, castrada por las sienes y por la espalda,
castrada con un hacha, mutilada...
La vela como símbolo de infierno, ojo de fuego que arde
sobre un mástil de cera que se deforma y gotea
mientras tu te deformas y goteas lágrimas de acrílico inconsciente...
Llama narcisista y duplicada, rima consonante del paisaje,
pétalos arrancados de la flor de un incendio
donde la muñecas se incineraron
y nuestros ojos de espectadores se hicieron sordomudos pero presentes
del mismo modo que estamos aquí, en el entierro de la niña
y el desentierro de los huesos ya barnizados de un anónimo en tu cuarto.
Tu cara está húmeda como un bajo vientre bañado en semen,
semen de alguien que lo arrojó y salió corriendo
a colgarse de una soga no por culpa, sino por triste,
premeditada agenda de suicida y tu como su carta última
apestada por esa gota de tinta después de la firma.
Tu pecho abierto como las puertas de un cementerio
y tus pezones encerrados como feretros recién cubiertos,
palas y palas de tierra sobre tus pezones para callarlos...
No se arregla con padres nuestros la cicatriz que no muestras
y por silenciosa que seas entre tus sábanas sé que te masturbas.
Te ahogas en ti misma,
sabes que no tiene nada que ver con el amor y te desnudas
y al terminar o cuando crees que terminas,
te sientes como una red llena de peces muertos,
arrancados del mar para comer este viernes santo.
Estás ciega y atada por los miembros,
solo piensas cómo disimularlo mañana en el desayuno ante tus padres,
leyendo la biblia repleta de escenas retratadas por Caravaggio,
protagonizadas por putas, ladrones y canallas
que quizás sean los dueños de esos huesos en tus manos,
barnizados como si fueran adornos o souvenirs
de tu viaje por la carne desierta que eres alrededor de tus huesos
que algún día un estudiante de medicina tomará
para estudiar con detalle, como si tu fueras el resto de la humanidad,
y jugará con tus huesos asustando a su hermano
y no le importará el agujero de bala en tu cráneo
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lunes, 19 de abril de 2010
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