Luciérnagas que se tiran del paisaje,
coreografías de miradas desviadas,
tus uñas que se asoman sin esmalte
ya no son espadas que aman con desprecio.
Esculturas de rutina son mis labios
que se agarran del fondo de un beso aislado.
Alivios impares sin primaveras,
se transparenta el vestido de la indiferencia,
sus piernas blancas descuartizadas
en la mesada dejé para que cocinaras.
Es increíble ver cómo se estira esa piel
y lo difícil que es sacársela después.
Velamos anillos enraizados
en las aristas de un cielo caído,
de un cielo jamás acabado
por ese dios que jamás ha existido.
Descubrí telarañas en mi entrepierna
y un ventanal que da a sus propias persianas.
Solos y vacíos en la ausencia,
como dos perfumes terminados y de espaldas,
seguimos las pisadas por inercia
en un laberinto inundado por saliva tragada.
Lloverá olvido pasado mañana
y en los charcos no verás mi cara,
perdida en la escenografía de tus sombras
volverás a ser azufre y miel,
y yo volveré a comprar rosas rojas
y a escribir, en otra arena, otro nombre de mujer.
Podamos las ramas de ese árbol
y cayeron en un río desteñido,
un río al fin abandonado
por esos dos que al fin se han despedido
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lunes, 27 de abril de 2009
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